Mensajes firmes y gestos sugerentes del papa Francisco en su primer día de actividades

En su primer día de trabajo oficial (segundo de su visita a México) el papa Francisco recorrió de norte a sur las calles de la Ciudad de México franqueado por miles de fieles que tras una década volvían a ver y sentir la presencia de un papa carismático y cercano (la de Benedicto XVI no fue precisamente una visita en esos tonos).

En sus tres encuentros del día el papa se reunió primeramente con autoridades civiles y militares en Palacio Nacional para, después de un breve recorrido por un zócalo a media capacidad, encontrarse con sus pares mexicanos en lo que fue quizá su alocución más significativa, al lanzar duras y contundentes palabras a un perplejo episcopado mexicano que no se ha caracterizado últimamente por ser fiel a la línea renovadora de Francisco y más bien indiferente a la vida cotidiana de su grey, que se debate entre la violencia y la impunidad.

Por la tarde, tras un breve descanso el papa se dirigió a la Basílica de Guadalupe donde celebró misa ante un atrio abarrotado de fieles y el interior lleno de religiosas y religiosos.

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Dra. Marilú Rojas da sus impresiones sobre la misa en Basílica


Con un discurso a ratos suave, a ratos firme y directo, el papa argentino se dirigió a representantes de los diferentes niveles de gobierno (¿y de la sociedad civil?) en el patio central de Palacio Nacional. Ahí llamó a las autoridades a buscar el bien común y no el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, que tarde o temprano vuelve la vida en sociedad en un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo. Habló de las riquezas naturales y culturales de esta nación, la principal de ellas, su juventud que permite proyectar un futuro, renovarse y transformarse siempre y cuando los dirigentes políticos y sociales trabajen con responsabilidad para ofrecer a la población un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz.

Finalizó su discurso empeñando, en esta tarea, la colaboración de la Iglesia católica mexicana, que sí se ha caracterizado por su apoyo explícito (o implícito) a una política de gobierno más bien contraria a la “civilización del amor” y la justicia que proclamó el pontífice en su diplomática alocución (por primera vez en la historia) en Palacio Nacional.

Ya en el interior de la Catedral Metropolitana, después de haber recibido en brevísima ceremonia las llaves de la ciudad, se dirigió de forma entrañable igual que dura a sus hermanos obispos, evidenciando la grave crisis institucional que vive la iglesia católica en México, deteriorada moralmente por su alejamiento del pueblo, su cercanía al poder y por numerosos e inocultables escándalos de pederastia que involucran a numerosos sacerdotes e incluso prelados, el principal de ellos, el cardenal primado Norberto Rivera.

Muchos de los rumores previos a la visita en torno a las divisiones internas del episcopado mexicano parecen haber sido confirmados por las palabras del papa encomiarles a que no pierdan tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorteríasno se necesitan príncipes; en su lugar les dijo: Reclínense con delicadeza y respeto, sobre el alma profunda de su gente, desciendan con atención y descifren su misterioso rostro.

En una velada alusión a los escándalos internos de la iglesia católica (¿habla de la pederastia? ¿de la corrupción económica?) el papa pidió a los obispos mexicanos que lo sean de mirada limpia, de alma transparente, de rostro luminoso, a que no le tengan miedo a la transparencia, pues la Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Les exhortó a vigilar para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; a que no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; y a que no pongan su confianza en los «carros y caballos» de los faraones actuales.

Les rogó no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, como metástasis que devora y disgrega y que exige un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza.

Pidió un especial compromiso con los pueblos indígenas y con los migrantes, hermanos últimos hacia quienes no será vana la premura de sus diócesis en echar el poco bálsamo que tienen en los pies heridos de quien atraviesa sus territorios y de gastar por ellos el dinero duramente colectado. Finalmente, el papa alertó a los prelados a no dormirse en sus laureles, a estar a la altura de sus gigantes predecesores y de la fidelidad del pueblo. Les invitó a cansarse sin miedo y a superar la tentación de la distancia –dejando a cada uno de ustedes el catálogo de las distancias que puedan existir en esta conferencia episcopal- del clericalismo, de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la autorreferencialidad.

En una intensa jornada para un papa sonriente entre la gente y serio ante las autoridades civiles y eclesiásticas, el papa leyó una breve homilía en la Basílica de Guadalupe, símbolo recurrente en todos sus discursos del día y de quien no dejaba de enfatizar su significado ancestral y no sólo católico. Aquí resaltó el valor de los pequeños, los sin-valor y descartados, simbolizados en la figura del indio Juan Diego, y particularmente hoy en los jóvenes sin futuro, en los pobres, los hambrientos, los migrantes, enfermos y presos, los desplazados y descartados.

Siendo aún pronto para valorar la integralidad de sus discursos, queda claro que el papa quiere estar a la altura de las exigencias que desde muchos sectores sociales (y no sólo políticos y eclesiásticos) le inundaron desde que anunció oficialmente su visita a México. También dejó claros puntos inflexibles de la moral católica, como su mensaje sobre la mujer, que podemos deshilvanar de sus palabras sobre la virgen María, modelo de maternidad que es y será recordada siempre como la mujer del «sí».

Finalmente, sobresale su primera alusión a las víctimas de la violencia y desaparición forzada en México, al decir que Dios se acerca al corazón sufriente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto partir, perder o incluso arrebatarles criminalmente a sus hijos.

© Observatorio Eclesial

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Espacio de articulación ecuménica, de análisis de la realidad y de formación social teológica, política y de género para la defensa y exigencia de los derechos humanos integrales, la construcción y empoderamiento de la Iglesia de los pobres en el espíritu evangélico de comunión, combatir la pobreza y la exclusión; así como generar una corriente de opinión crítica y pública favorable a estas causas; también seguir siendo un referente, para denunciar, construir, formar y generar esperanza.
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