La Navidad, el Magnificat y la Espiritualidad de la Liberación

Por Ricardo Guillermo Gállego*

En estos tiempos donde de manera acelerada la angustia, la violencia, la desesperanza y la pobreza extrema se presentan descarnadamente crueles en casi cada rincón del planeta, así como cotidianamente surgen interminables olas de múltiples crisis que como humanidad toda estamos padeciendo, ¿cómo pensar que aún podemos celebrar la navidad? Una época, al menos para el mundo cristiano, donde nos deseamos mutuamente paz, amor, gozo, bienaventuranzas y demás bendiciones en festejo del nacimiento del Príncipe de Paz, del Salvador. ¿Cómo ofrecer esos dones a los cientos de miles de refugiados sirios y de otros países del Medio Oriente, de África, de Centro América que huyen de la guerra, de la pobreza, del total desamparo, abandono e indiferencia de la que son objeto en sus terruños?

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¿Qué decir a los padres y a las madres de Ayotzinapa? Cualquier tipo de celebración les sabe a ajenjo hasta no ver cruzar por el umbral de sus casas a sus queridos hijos. ¿Y a las madres centroamericanas, y a las mexicanas que buscan con desesperación a sus hijas e hijos víctimas de desaparición forzada?

El cúmulo de agravios sobre los pueblos, sumado al deterioro ambiental se acrecienta, principalmente provocados por la voracidad y la codicia del contubernio clase política-corporativos transnacionales, que horadan las entrañas de la tierra y atraviesan los cuerpos y las almas de los más vulnerables. Esto nos hace clamar por una respuesta, por una salida que verdaderamente nos traiga justicia, paz y gozo (como leemos en forma resumida de Romanos 14:17 sobre lo que significa el reino de Dios) para todas y todos.

Es por eso que cada navidad quisiéramos escuchar el anuncio como el del ángel Gabriel a María del advenimiento del Salvador, de Jesús, del cual el mensajero dijo que también le llamarían Hijo del Altísimo y que su reino no tendría fin. Pues anhelamos que nos recuerden otra vez las “buenas nuevas”. Porque así como el pueblo de Israel en los tiempos de Jesús, así también nosotros esperamos noticias de “gran gozo”, de una liberación, de una salida y una respuesta a nuestras opresiones.

Esa es la promesa en la que los cristianos hemos vivido a través de las generaciones, y por ello celebramos cada año la navidad. Este hecho, el embarazo de María de Jesús, la de su pronta encarnación (de hecho la “verdadera navidad”) siendo Dios, provocó que la parienta de María, Elizabet, encinta meses antes, exclamara que la criatura en su vientre, al que se le conocería como Juan el Bautista, estaba saltando de alegría al oír su salutación, reconociendo en ella a la madre de “mi Señor” (Lucas 1:31-44).

Por toda respuesta María exalta a Dios con la oración que conocemos como el “Magnificat”. Evidentemente María conocía las escrituras (o si se quiere, el redactor o redactores del Evangelio de Lucas), pues prácticamente cita a la madre del profeta Samuel con una reproducción muy parecida del llamado “Cántico de Ana” (1Samuel 2:1-10).

Para Gustavo Gutiérrez, en su ya clásico “Teología de la Liberación-Perspectivas” (Ediciones Sígueme, Salamanca, 1972,1985), el Magnificat (Lucas 1:46-55) al mismo tiempo de ser un texto de Acción de Gracias, es uno de los pasajes “de mayor contenido liberador y político del Nuevo Testamento” (Pág.272). Gutiérrez dice de esta oración que expresa muy bien el concepto que desarrolla en su libro de espiritualidad de la liberación. Para el sacerdote peruano, “una espiritualidad es una forma concreta, movida por el Espíritu, de vivir el evangelio. Una manera precisa de vivir “ante el Señor” en solidaridad con todos los hombres, “con el Señor” y ante los hombres” (pág. 267). Y continúa: “Una espiritualidad de la liberación estará centrada en una conversión al prójimo, al hombre oprimido, a la clase social expoliada, a la raza despreciada, al país dominado (…) Conocer a Dios es obrar la justicia…recorrer el camino que lo lleve a buscar efectivamente la paz del Señor en el corazón de la lucha social” (Págs.268, 269).

Regresando a lo que es o debiera ser la navidad, y lo que no es, para después ver la clara conexión con el Magnificat como ejemplo de espiritualidad de la liberación. Primero lo que no es: la navidad, como si hiciera falta decirlo, no son los arbolitos llenos de esferas y luces, no son los adornos y los regalos, las cenas y las borracheras. Y tampoco el híbrido e insípido saludo: ¡“Feliz Navidad”! Mezcla de distintas tradiciones, costumbres y fiestas que nada tienen que ver con su significado original. Todo esto, con muchos asegunes, lo seguiremos viendo y viviendo con distintos niveles de entendimiento, convicción y aplicación.

Lo que puede ser de verdadera relevancia, que le dé nuevos giros a nuestras celebraciones de navidad, es experimentar la certidumbre y exaltación de alegría de María cuando se dio cuenta de que sería la madre del Salvador: que Dios se encarnaría y que habitaría entre nosotros para: “Esparcir a los soberbios en el pensamiento de sus corazones, quitar de los tronos a los poderosos y exaltar a los humildes. A los hambrientos colmarlos de bienes y a los ricos enviarlos vacíos” (Lc. 1:51-53). Según Gustavo Gutiérrez, la acción de gracias y la alegría de María están estrechamente ligadas a la acción de Dios liberando a los oprimidos y humillando a los poderosos. María experimentó lo mismo que la madre del profeta Samuel. Ana también se regocijó en Dios en su corazón cuando el niño nació y su canto estaba lleno de frases de “contenido liberador y político” como las que pronunció María: “Los arcos de los fuertes fueron quebrados, y los débiles se ciñeron de poder. Los saciados se alquilaron por pan y los hambrientos dejaron detener hambre (…) El levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso” (1S. 2:4-5a, 8a).

¿Cómo celebrar la navidad en estos tiempos tan aciagos? ¿Cómo compartirla con los que han sido agraviados de manera tan sanguinaria y diabólica? Repetirnos continuamente la exhortación de Gustavo Gutiérrez: Practicar una espiritualidad de la liberación que nos lleve a una conversión al prójimo, al ser humano oprimido. Para el teólogo, una conversión significa transformación radical de nosotros mismos, un proceso permanente que nos conduzca paso a paso a la disposición activa, al trabajo. En un par de palabras: a realizar “gestos concretos”, comprometerse a la lucha social para ser parte del plan de Dios en “quitar de los tronos a los poderosos y a los hambrientos colmarlos de bienes”. A la praxis de la liberación acompañando procesos y personas: Ayotzinapa, migrantes, familiares de víctimas. Celebrar ahora la navidad recordando el Magnificat.

* Formó parte de la coordinación de Iglesias por la Paz y del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Actualmente colabora en el Consejo Editorial del Boletín Alas

Acerca de observatorioeclesial

Espacio de articulación ecuménica, de análisis de la realidad y de formación social teológica, política y de género para la defensa y exigencia de los derechos humanos integrales, la construcción y empoderamiento de la Iglesia de los pobres en el espíritu evangélico de comunión, combatir la pobreza y la exclusión; así como generar una corriente de opinión crítica y pública favorable a estas causas; también seguir siendo un referente, para denunciar, construir, formar y generar esperanza.
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